domingo, 5 de abril de 2026

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Quesada (Jaén): tras los versos de Miguel Hernández

A un paso del nacimiento del Guadalquivir, Quesada es uno de los pueblos blancos de Jaén que se quedan para siempre en la memoria.

Por David Díaz

5 de abril5 de abril de 2026 de 2026


Lucas Vallecillos / Alamy Stock Photo


Escapar de la ciudad y oxigenar los pulmones en el Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas es algo que hay que hacer al menos dos o tres veces al año. Además de ser el segundo parque natural más grande de Europa y Reserva de la Biosfera por la UNESCO, este pulmón verde de la provincia de Jaén tiene dos motivos para llenar la mochila y coger carretera: el bonito pueblo de Quesada y el nacimiento del rio Guadalquivir.

Cuenta con un pasado milenario


Quesada es uno de esos pueblos con encanto que tiene Jaén medio escondidos. Y pasa muy desapercibido. Quizás demasiado. Pero Quesada cuenta con una gran historia que contar, por capítulos. Muchos de ellos podrían comenzarse a fabular en la Prehistoria. De hecho, la existencia de cuevas y abrigos con pinturas rupestres y restos de la Edad del Bronce demuestran que ya existieron asentamientos en estas tierras hace casi cinco mil años.

La civilización romana también campó a sus anchas en los terrenos de Quesada, conformando la villa de Bruñel, que en su día se ubicaba entre las villas de Quesada, Peal de Becerro y Cazorla. Esta villa romana, en ruinas y cerrada al público, conserva una colección de mosaicos en el suelo sencillamente espectacular. Este año comenzaron a recuperarlos después de siete años de abandono absoluto, por lo que se espera que en breve se pueda abrir al público con unas instalaciones que permitan disfrutar de este tesoro a la vez que se preserva intacto.


Los restos arqueológicos de la Villa de Bruñel. Tolo Balaguer / Ala

Ciudad que ha inspirado a pintores y poetas


El recorrido por las calles de Quesada nos traslada a una villa que los musulmanes quisieron bautizar como “lugar fértil y bonito”. Fue con la ocupación de los árabes que Quesada se convirtió en una de las ciudades más importantes de la zona, tanto por su emergente actividad comercial como por su propia belleza. Y a partir de entonces, la ciudad se la disputarían moros y cristianos, que se arrebatarían el dominio de la fortaleza en varias ocasiones hasta su reconquista definitiva a comienzos del siglo XIV.

Buena cuenta de su historia la podéis encontrar en la oficina de turismo, ubicada junto al ayuntamiento, en un edificio que, por otra parte, alberga el Centro de Interpretación del Patrimonio Arqueológico de Quesada. Este museo es la toma de contacto más directa con el tesoro rupestre de Quesada y con su etapa romana, a través de los restos arqueológicos de la Villa de Bruñel que se encuentran allí expuestos.

Desde aquí podemos recorrer el casco histórico de Quesada en apenas una mañana. Pero antes de perderse por las bonitas calles de este pueblo jiennense hay que seguir la carretera hacia el otro lado, para llegar al Museo Zabaleta. Este espacio rinde culto a varios personajes ilustres relacionados con la ciudad de Quesada, pero fundamentalmente a Rafael Zabaleta, originario de Quesada. Los quesadeños tienen en Zabaleta a un verdadero referente internacional, ya que las obras de este pintor tan influenciado por el cubismo de Picasso han llegado a exponer en museos de Buenos Aires o Nueva York.

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Otra parte del museo se reserva para el poeta Miguel Hernández, que dejó una huella importante en esta ciudad jiennense ya que su mujer, Josefina Manresa, era originaria de Quesada. El recorrido por la vida y obra de Miguel Hernández también lo encontraréis muy vivo en muchas de las calles del municipio, donde los versos del poeta grabados en azulejos pueden de repente aparecer en una esquina e invitar a un recitado en voz alta. Son 22 los episodios literarios que se pueden encontrar, siguiendo una ruta que se conoce como los “rincones hernandinos” de Quesada.

Regresando al punto inicial, hay que pasar por la bonita plaza de la Constitución, engalanada con un precioso kiosco de música en el centro y un eterno ir y venir de viajeros y parroquianos. Aquí aparecen tabernillas que huelen a rico, pero sin dejarse del todo seducir por los aromas de la cocina de Jaén, hay que continuar camino hasta llegar a la calle de los arcos. Aquí os adentraréis en la parte medieval del pueblo, aquella que aún recuerda un pasado en que existió una gran muralla para defenderse de los invasores. Al acceder por este primer arco, llamado Arco de la Manquita de Utrera, tendréis que saber que estáis atravesando una de las puertas de acceso que la fortaleza tenía allá por el siglo XVI.


Si seguís por la derecha llegaréis al Arco de los Santos, un precioso arco gótico que data del siglo XIV que también pertenecía al antiguo recinto amurallado. Al pasar por el arco, las callejuelas de Quesada conducen al casco histórico, un trazado medieval retorcido como una serpiente, de pasajes estrechos y custodiados por los lienzos de las murallas. La primera en cruzarse es la calle Adentro, una estrechísima callejuela por donde dos personas difícilmente pueden transitar una al lado de la otra. Probablemente sea la calle más fotografiada de Quesada, con sus fachadas de blanco inmaculado y su desparrame incontrolado de geranios en flor, cintas y gitanillas por todas partes.

El contoneo de las callecitas lleva hasta la iglesia de San Pedro y San Pablo, de corte neoclásico. Su construcción data de la segunda mitad del siglo XVIII, reemplazando a una mezquita que a su vez ocupó el lugar de la anterior iglesia visigoda de Santa María. Parte del ábside de la iglesia se soporta por la estructura de las murallas medievales de la ciudad. En el otro lado del templo, se encuentra el Mirador de la Baranda, un balcón de la ciudad que se abre hacia la grandeza del valle del Guadalquivir donde más que hacer fotos, hay que prestarse a contemplar en silencio.


El Castillo de Tíscar y la Cueva del Agua


El entorno natural de Quesada es perfecto para aquellos que quieren añadir un componente de expedición por el campo. Y ya no es por las rutas de senderismo que se pueden encontrar en el Parque Natural de Sierra de Cazorla, Segura y las Villas sino porque parte del patrimonio de Quesada también se encuentra repartido por las tierras del valle del Guadalquivir. El más importante se encuentra en el que fue el castillo de Tíscar y sus alrededores.

Hay que dirigirse al sur, por la carretera que va hacia Pozo Alcón para llegar hasta allí. Atravesando el puerto de Tíscar que, por otra parte, invita a hacer paradas en el camino para disfrutar de unas panorámicas de película. El castillo, que data del siglo IX, se encuentra en lo que allí se conoce como las “Peñas Negras”, un montículo de piedras que os hará entender lo mucho que les costó a los cristianos conquistarlo. Hoy en día apenas queda en pie la torre del homenaje.

Junto al castillo se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Tíscar, la patrona de Quesada. Aunque aún conserva algunos elementos del siglo XIV, la ermita fue seriamente dañada durante la Guerra Civil, de ahí su aspecto. Fue objeto de inspiración para Antonio Machado, que dedicó un poema a la virgen de Tíscar y a la Sierra de Cazorla en uno de los viajes que el poeta realizó en verano de 1917.


Aunque sin duda la expedición tiene su clímax en la Cueva del Agua, una ruta natural que nos permite disfrutar de uno de esos caprichos de la naturaleza que nos vuelve tan locos. El río Tíscar a lo largo de los siglos ha ido cincelando la piedra hasta transformar la roca en una cavidad espectacular, con sus estalactitas y estalagmitas. Tanto es así que se la conoce también como la “Gruta de las Maravillas” y está declarada como Monumento Natural desde el año 2019.

La cueva del agua es un escándalo para los amantes de la naturaleza. Aunque hay que ir preparado con buen calzado, no es complicado recorrer la caverna ya que hay pasarelas y escalones para salvar los desniveles. El recorrido hay que hacerlo desde el parking del Santuario y está perfectamente señalizado. Como recomendación, programad esta visita a primera hora de la mañana porque hasta que llegue el frío, suele tener mucha afluencia de gente.

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