Henrique Mariño
Madrid-12/09/2026
Josefina Manresa (Quesada, 1916 - Elche, 1987) pasó hambre y se dejó la vista por preservar la memoria de su marido. Sin embargo, cuando publicó sus memorias en 1980, omitió su nombre en el título: Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández, ahora reeditado por la editorial Espinas. Sin ella, su obra no habría sobrevivido, pero más allá de la sombra del poeta la biografía revela a una voz de la resistencia obrera, a una mujer marcada por la necesidad y la represión, a una escritora.
Así se define en relación con su marido, aunque su vida
desborda la condición de una persona que ha perdido a su cónyuge. "El
libro merece mucho la pena por ese tramo en el que escribe como viuda de Miguel
Hernández, y habla sobre la vida con él, y sobre todo la vida sin él, pero con
su legado", explica Elena Medel, quien recuerda que "todos los
trabajos posteriores sobre Hernández toman como referencia muchos de los
asuntos que Josefina Manresa aclaró en este libro" y que "los asumen
porque se trata de la fuente esencial".
"Pero una vez todas estas cuestiones se zanjan, por así
decirlo, leyendo estos Recuerdos casi medio siglo después de que se publicaran,
lo que permanece y lo que nos interpela es ese libro que trata sobre la
supervivencia durísima en la España de la dictadura, sobre el género y la
clase, la pobreza y el hambre, la persecución incesante…", comenta a
Público la autora del prólogo, donde la reivindica como una escritora que
"miró como miran quienes escriben" en un libro que "nos
interpela porque buscando a Miguel Hernández encontramos a Josefina
Manresa".
Elena Medel insiste en su talento narrativo. "Y pese a
todo, pese a la crudeza de sus recuerdos, me quedo también con esa mirada que
busca la belleza, el detalle, lo literario —lo poético— allá donde no se
espera. El loro que imita el silbido de Miguel novio, el retrato de los viejos
en los años del cuartel, la vecina que intenta estafarla con un ritual...
Decisiones propias de una escritora, al fin y al cabo". Sin embargo, su
biografía —que incluye fotografías inéditas, textos desconocidos y cartas no
publicadas hasta 1980— no ha ocupado un lugar destacado en la literatura
española de posguerra.
“Entramos en el libro buscando lo que el título promete, el testimonio de alguien acerca de la vida que compartió con una persona de obra y biografía tan poderosas como Miguel Hernández. Y el libro nos brinda eso: la memoria compartida, el relato de quien presenció la escritura de muchos textos fundamentales, o de quien los conoció por quien los escribió, y el desmentido de muchos bulos y errores que en ese momento lastraban la figura de Hernández", comenta la escritora cordobesa.
Sin embargo, "salimos de su lectura conservando aquello
que brilla cuando Manresa se centra en Manresa: su talento para distinguir lo
extraordinario en lo cotidiano, para recrear desde los sentidos aquello que
sucedió; pienso en el relato sobre la infancia, y la niña que mira y oye a los
niños que estudian, o esa escena tragicómica —divertidísima hasta que te paras
a reflexionar sobre qué sucede, y las circunstancias de los personajes— en el
tren de regreso desde Barcelona", deja claro Elena Medel. "En esas
decisiones, qué contar, cómo contarlo, se distingue a una escritora de talento,
con un mundo propio potentísimo. Ese retrato de la clase trabajadora de
posguerra, oprimida, desde la experiencia de la mujer sola, yo no lo había
leído, o al menos no lo había leído así".
¿Y por qué no la habíamos leído de esa manera?, se pregunta la autora de la novela Todos mis pecados y la mitad de mi dolor (Seix Barral). "Quizá porque la figura de Hernández ensombreció la parte propia del relato de Manresa, quizá porque no escribió más que este libro... También influyen las condiciones de difusión: para leer un libro tienes que poder acceder a él, tienen que existir ejemplares en bibliotecas o librerías, o digitalizados con acceso sencillo. En muchas ocasiones, sobre todo a propósito de autoras, nos quejamos de no conocerlas, pero es que sus libros no se consiguen. En el caso de estos Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández, la reedición de Espinas solventa esta cuestión".
En sus páginas, advertimos el hambre: "Vino por aquí
una mujer y me dijo que no debía haber hecho sufrir a Miguel contándole que
comía pan y cebolla, diciendo después: Claro, que si usted no le hubiera dicho
eso no tendríamos ese poema tan hermoso. Yo le dije que ella no se podía dar
una idea lo que fueron aquellos tiempos, y decirle yo a Miguel que no comía más
que pan y cebolla era tranquilizarlo, porque era cebolla sola lo que podía
comer muchos días y porque me la daban vecinos y familiares", escribe Manresa.
La necesidad: Josefina camina a diario hasta la cárcel de Alicante porque no puede pagar los quince céntimos del tranvía. Le lleva comida y medicamentos. Lava sus prendas, aunque "esas manchas de pus y sangre, en las ropas de Miguel, no desaparecieron nunca". Cuando el 28 de marzo de 1942 los carceleros le rechazan una bolsa con alimentos, se va sin preguntar nada, porque "no tenía valor de que me aseguraran su muerte", relata en sus memorias. Sin embargo, va a casa de su cuñada y le dice que ha muerto. "Ella se tomó el caldo que le llevaba a Miguel ese día".
El tesón: esconde el legado de su marido, burlando a la
Guardia Civil y poniendo en riesgo su vida. Cuando Aguilar publica la Obra
Escogida en 1950, suspira: "Aquí descansé mucho, porque ya veía que la
obra de Miguel no solo se iba a divulgar, sino que ya no se iba a perder, que
era mi mayor preocupación".
Y, claro, también advertimos el sacrificio una vez que enviuda: para sacar adelante a su hijo, en Elche trabaja como costurera en una tienda de confección de dos hermanas que engañan a la clientela haciéndole creer que la ropa viene de Madrid, Barcelona y París. En realidad, Josefina cosía esas prendas "desde las ocho de la mañana hasta las tres de la otra mañana", y solo "un día a la semana descansaba llegando solo hasta las once o doce de la noche". Casi se queda ciega por un glaucoma, hasta que "al ir publicándose más la obra de Miguel, pude dejar aquella vida de bestia que tanto me perjudicó".
Conservar la obra del poeta tuvo un precio. "Un coste
absoluto", precisa Elena Medel. "Y una coherencia total —además— con
las decisiones de su marido, que en sus años en la cárcel rechazó claudicar
ante supuestos amigos que luego intentaron engañar o chantajear a la propia
Manresa. De haber traicionado sus ideas, la situación de Hernández habría sido
distinta: quizá una pena menor, quizá la libertad, quizá una salida al hospital
en lugar de una agonía en la cárcel... E igual en el caso de Manresa y de su hijo,
cuya salud en ambos casos quedó muy debilitada por la mala alimentación".
Josefina también acusa: a quien se quedó con el retrato de Buero Vallejo, a quien no devolvió canciones y dibujos acompañados de poemas autógrafos, a quien publicó "ediciones piratas", a quien le impuso condiciones injustas por publicar El rayo que no cesa y El silbo vulnerado, apenas 7.500 pesetas sin límite de ejemplares…
"En su libro, se refiere a estos intentos de
manipulación, a robos de materiales —de hecho, la publicación de Recuerdos le
permitió recuperar parte de ellos—, a publicaciones sin autorización, etcétera.
Y menciona el apoyo constante de Vicente Aleixandre, sobre todo, y de Carmen
Conde; Aleixandre ejerce como asesor oficioso cuando el interés por la obra de
Hernández se acrecienta, y él actúa con buen juicio, pensando en el bien de
Manresa y de su hijo, pero también en el de la obra de su amigo", asegura
Elena Medel.
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