La amistad que venció al olvido a través de la poesía
Anibal de Castro
Santo Domingo- 28 -8-2026
Miguel Hernández y Ramón Sijé, un vínculo inmortal en las
letras. (SUMINISTRADA)
Curioseaba por las redes cuando me topé con una joven que
recitaba la célebre elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé, el amigo
arrebatado a destiempo. Sijé murió en la víspera de Navidad de 1935, con apenas
veintidós años, recién estrenados por la vida y ya reclamados por la muerte.
Son palabras mayores, versos de una intensidad difícil de
sostener sin que la voz se quiebre. Con ellos, la elegía dejó de ser únicamente
un género literario para convertirse en arquetipo del dolor ante la pérdida.
Nada anunciaba que aquel joven abogado, ensayista y crítico
literario de Orihuela habría de instalarse para siempre en la memoria de las
letras españolas. El fuego de una amistad lo rescató de la niebla del olvido.
Pocos hombres han recibido un homenaje tan potente como el que Miguel Hernández
le ofreció a los pocos días de su muerte, una pieza que transformó un duelo
íntimo en patrimonio universal de la poesía.
Desde entonces resulta imposible pronunciar el nombre de
Ramón Sijé sin que resuene, como un eco fiel, el del poeta oriolano. Ambos
quedaron enlazados por un texto que inmortalizó al amigo y, de paso, reveló
hasta dónde puede llegar la palabra cuando nace del amor y de la pérdida. Más
que un poema funerario, la Elegía a Ramón Sijé es la prueba viva de que la
amistad, cuando es verdadera, se convierte en una fuerza capaz de torcerle el
brazo al tiempo.
Dos caminos que se cruzaron en Orihuela
La historia de ambos comenzó mucho antes del dolor, en una
Orihuela donde el rumor de las campanas se mezclaba con el aroma de los huertos
y los limoneros. Allí crecieron dos muchachos de formaciones distintas pero de
una misma sed. Miguel había aprendido del mundo antes que de los libros. Pastor
desde niño, afinó su mirada entre las estaciones, los árboles y la tierra
húmeda, y esa intemperie fue su primera escuela de sensibilidad.
José Marín Gutiérrez, que firmaría como Ramón Sijé, venía de
un territorio distinto. Estudiaba Derecho, devoraba filosofía y teología, y
dirigía El Gallo Crisis, una de las revistas culturales más inquietas de su
tiempo. Su inteligencia era precoz, casi vertiginosa. Miguel traía la intuición
y el instinto de la imagen; Ramón, el rigor y la disciplina de construirla. Uno
soñaba en verso; el otro le enseñaba la arquitectura de ese sueño.
Sijé descubrió en Miguel una voz poética indómita,
hambrienta de lecturas y de método. Miguel halló en Ramón algo más raro
todavía: un interlocutor que no lo adulaba, sino que lo exigía. Se admiraban
con franqueza, discutían con pasión, y esa fricción constante, lejos de
desgastarlos, fue el terreno donde ambos maduraron. En las tertulias de El
Gallo Crisis, entre Góngora, Quevedo y San Juan de la Cruz, se fue tejiendo un
diálogo donde Miguel aprendía a pulir sus versos y Ramón descubría que la
inteligencia también necesita conmoverse para comprender del todo la realidad.
Las diferencias no tardaron en asomar. Uno miraba el mundo
desde un humanismo profundamente cristiano. El otro, con el tiempo, fue
abriéndose a horizontes muy distintos. Llamar a esa amistad un simple contraste
ideológico sería empobrecerla. Los vertebraba la certeza compartida de que la
literatura era una forma de verdad, y de que el desacuerdo político, lejos de
romper un vínculo así, podía volverlo más hondo.
Esa amistad terminó por moldear al poeta que Hernández
llegaría a ser. Llevó esa deuda consigo
toda la vida, y supo pagarla escribiendo, el único modo en que un poeta sabe
hacerlo.
La muerte llegó de golpe, con la crueldad silenciosa de una septicemia que no dio tregua. Miguel estaba en Madrid cuando le llegó la noticia, y el dolor lo dejó suspendido, incapaz de cualquier gesto que no fuera el de la palabra. Ahí, justo donde otros habrían callado, él empezó a escribir porque el lenguaje era el único territorio donde todavía podía reencontrarse con su amigo. La poesía dejó de ser oficio para volverse necesidad.
Así nació la Elegía a Ramón Sijé, un poema en el que la
perfección técnica y la intensidad emocional se funden hasta volverse
indistinguibles. Su arquitectura, impecable, nunca delata el esfuerzo del
andamiaje. Todo fluye con la misma naturalidad con que brotan las lágrimas. El
primer verso ya abre una dimensión nueva del duelo:
«Yo quiero ser, llorando, el hortelano de la tierra que
ocupas y estercolas...»
La imagen me desarma por su humildad. Miguel no busca
erigirse en guardián solemne de una memoria; prefiere el gesto más modesto y
más íntimo de cuidar la tierra que cubre a su amigo, de sembrar justo donde la
muerte acaba de instalarse. El hortelano encarna la paciencia, el trabajo
callado, la fe de quien confía en que hasta la tierra removida por el dolor
puede volver a fructificar. De lamento,
la elegía muta en promesa de seguir cultivando la presencia del amigo, aunque
este ya no pueda responder.
Más adelante el poema se encabrita en una rebelión casi
cósmica:
«Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y
homicida...»
La muerte se presenta como una violencia que rompe el orden
natural del mundo, y Miguel se resiste a aceptarla con toda la fuerza de su
imaginería: tormentas de piedra, rayos, hachas, dentelladas contra la tierra.
Quiere desenterrar al amigo, discutir con la muerte cara a cara, arrancarle lo
que acaba de robar. La desesperación habla con un lenguaje tan poderoso sin
naufragar en el exceso. Cada metáfora nace de una emoción auténtica, ninguna
busca deslumbrar, todas buscan salvar.
Sin proponérselo del todo, Miguel estaba haciendo algo aún
más extraordinario que escribir un gran poema. Le regalaba a Ramón una segunda
existencia. Ahí comenzaba, silenciosa, la eterna batalla de la literatura
contra el olvido. Asombra pensar que la inmortalidad de un hombre pueda
depender de la fidelidad de otro. Ramón Sijé dejó ensayos notables para su
corta edad y una huella profunda en la formación de Miguel Hernández, pero fue
la Elegía, al fin, la que lo puso a salvo de la erosión del tiempo.
Un final que no es despedida
El cierre del poema pertenece a esas escasas páginas donde una lengua parece tocar su forma más definitiva de belleza:
«A las aladas almas
de las rosas /del almendro de nata te requiero, /que tenemos que hablar de
muchas cosas, /compañero del alma, compañero...»
Releeer ese cierre es invocar escalofríos emocionales. Ese
final compite de igual a igual en intensidad con toda la poesía española. Deja
de ser despedida para mutar en una cita aplazada. Miguel se niega a dar por
cerrada la conversación y la deja suspendida en el tiempo, convencido de que
aún quedan «muchas cosas» por decirse. En ese instante, el poema se desprende
de los dos hombres que lo originaron y empieza a pertenecer a todos, porque
todos alguna vez hemos perdido a alguien imprescindible.
La Elegía trasciende así la circunstancia que la hizo
nacer. Asistimos al duelo propio porque
reconocemos en esos versos el rostro de un amigo, de un hermano, de un padre o
de una madre. Esa es, después de todo, la condición secreta de las grandes
obras. Nacen de una experiencia irrepetible y terminan hablando una verdad que
todos compartimos.
Miguel no logró devolverle la vida a Ramón Sijé —ningún poema tiene ese poder—, pero consiguió impedir que se desvaneciera del todo. Algo extraordinario. Ramón tiene un lugar en la memoria de la lengua española. La muerte cerró su existencia, pero la amistad le negó al olvido su triunfo completo.
La Elegía corona la victoria más alta de la literatura, que es arrebatarle a la muerte una parte de su botín. Conserva voces, gestos, nombres y afectos que el tiempo habría borrado sin miramientos. La historia suele guardar memoria de los vencedores mientras la poesía, en cambio, atesora memoria de quienes fueron profundamente amados.
Miguel Hernández moriría apenas seis años después, con solo
treinta y uno, dejando tras de sí una obra donde conviven el amor, el hambre,
la guerra, la paternidad y la esperanza. Empero, ninguna de sus páginas desnuda
con tanta transparencia su humanidad como la que escribió para despedir a Ramón
Sijé. Ahí no habla el poeta que persigue la perfección estética, sino el amigo
que se resiste a perderlo y descubre que solo las palabras pueden acompañarlo
hasta el borde mismo del silencio.
El tiempo ha seguido su curso, indiferente. Generaciones enteras se han desvanecido, las ideas y las certezas han cambiado de piel, y sin embargo aquellos versos permanecen intactos y brotan en las redes sociales. Resaltan algo anterior a cualquier época, como es la necesidad, tan humana, de salvar del olvido a quienes nos ayudaron a ser quienes somos. Eso no cabe en una lápida.
Esa fue la obra más perdurable de Miguel Hernández, y
también el legado más hermoso de Ramón Sijé. Juntos demostraron que la amistad
puede volverse literatura, y que la literatura, en sus momentos más altos,
alcanza aquello que la vida jamás consigue: una forma de eternidad. Basta abrir
un libro y leer, con la emoción de quien reencuentra a un viejo amigo,
«compañero del alma, compañero..."
https://www.diariolibre.com/opinion/columnistas/2026/08/27/segunda-vida-de-ramon-sije/3641406
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